La Canción de la Tierra en el Itchimbía

Sven Hinz*

Dos soportes cúbicos de metal ocupan las esquinas de la sala del Palacio de Cristal del Itchimbía. Curiosos objetos de madera y delgadas tiras de metal cuelgan de ellos, sujetos por hilos de nylon. Cuando se los “toca”, resuenan en los grandes altavoces dispuestos en la sala con sonidos obscuros y profundos o con sonidos agudos e iridiscentes. Ello depende de si los objetos son excitados con percutores pesados o frotados con arcos de violín, cello o contrabajo. Micrófonos de contacto instalados en líneas transversales amplifican cualquier vibración de los objetos.

El Ruido Cósmico

Son ya unos 30 años desde que Mesías Maiguashca hizo sonar por primera vez una construcción similar. Desde el ciclo Reading Castañeda (1983-1993) están regularmente presentes en su trabajo. A pesar de que cada uno de los sonidos producidos es único e irrecuperable, pues son muy característicos, a primera escucha se los puede identificar y, por cierto, difícilmente se los puede olvidar. Se han convertido en un signo que identifica sin equívoco, la música de Maiguashca.

Maiguashca, un “fetichista del sonido“, ha experimentado por décadas, primeramente con varas de metal, posteriormente con objetos de madera, creados por su hijo Gabriel. Maiguashca sabe exactamente con cuánta energía y velocidad deben ser frotados, golpeados, acariciados hasta que comiencen a sonar y entonar sonidos.

En La canción de la Tierra, una de las últimas creaciones de Maiguashca, cuatro percusionistas producen sonidos rutilantes y plateados, pero también rugidos subterráneos con los objetos de metal y la madera. Las particellas están anotadas con precisión, nada queda al azar. Se suceden solos, dúos, con diferentes grados de actividad. Pero el más importante elemento de esta música es de todas maneras la fantasía del oyente mismo. Los sonidos abren su conciencia sonora, espacio en el que puede penetrar y encontrar lo que le es propio, suyo. El “Ruido Cósmico” de los objetos sonoros genera asociaciones, que cuentan al perceptor historias sobre sí mismo.

¿Qué fue!?

Pero Maiguashca está fascinado no solamente por esos sonidos cósmicos. El ruido de la calle, de la vida diaria, de la banalidad del aquí y ahora lo fascinan igualmente. En La canción de la Tierra crea con un coro de 12 voces un retrato de Quito, como lo recuerda Maiguashca de su juventud. En un collage lleno de colores se escuchan pregones (“naranjas, naranjas“), pero igualmente ruidos provenientes del lenguaje son “coloreados“, una técnica particular de Maiguashca que a partir de su experiencia con música electrónica aplica a los sonidos vocales.

Normalmente tales sonidos no son percibidos como “música“. ¡Qué sorpresa el observar con qué seguridad los jóvenes vocalistas aprendieron y ejecutaron la Canción de Kay-Pacha! Con gusto y decisión sesean, aplauden, silban y susurran, los glissandos que ejecutan terminan con toda certeza en la altura final prescrita. Con más entusiasmo aún hacen sonar, en la Canción del Guacamayo, un concierto de gritos de aves imaginarias. El coro se transforma en una manada de pájaros exóticos, papagayos gigantes, que en complicados ritmos y junto a la Banda de Vientos gritan, se llaman, se divierten. Una efectividad fantástica al considerar en qué poco tiempo fue aprendido y preparado.

Es hermoso observar con qué disciplina y efectividad, todos quienes participaron en esta producción trabajaron mano a mano. Alrededor de 100 músicos, cantantes e instrumentistas, además los objetos sonoros, fueron amplificados y correctamente mezclados. Sin sonidos parásitos, sin señales no deseadas. Difícilmente imaginar más profesionalidad y corrección, en los ensayos y concierto.

De las cosas grandes y las cosas pequeñas

En la canción de la Tierra resume Maiguashca un trabajo de 40 años. La obra suma tiempos y espacios, acumula lo biográfico, lo pasajero y lo duradero. No es “por acaso” que el título sea homónimo de la última obra sinfónica de Gustav Mahler. Como este, Maiguashca crea un monumento sonoro a la vida. Crea algo así como un equivalente musical andino, una contraparte de la obra europea.

También es este un tema que ha ocupado a Maiguashca toda su vida. Más de 40 años ha vivido en Europa, ha estudiado su música e historia, pero nunca ha renegado de sus raíces ecuatorianas, particularmente sus raíces indígenas. Ha peleado y se ha confrontado con ellas para encontrar material musical válido para su trabajo.

Dos orquestas diferentes representan el origen cultural de Maiguashca: una banda sinfónica con instrumentos “clásicos europeos”: flautas, clarinetes, trompetas y trombones se confrontan a una orquesta de instrumentos nativos: rondadores, zampoñas, charangos, guitarras. Estos instrumentos son ejecutados con técnicas contemporáneas, en parte nuevas para los músicos. Clusters, glissandos y técnicas especiales de producción de sonido se entremezclan en La canción del Granizo, La canción de la Illapa, las canciones del Arco Iris, de la Cordillera; pero también las Cosas Pequeñas son cantadas, tales como la mariposa, el cardo, el eco. La música representa ocasionalmente los modelos naturales programáticamente, pero también, en otros casos, los reflejan, de una manera metafórica. La canción del Agua, por ejemplo, no reproduce el sonido del agua: cencerros frotados en dúo con voces femeninas, permiten al escucha una sensación perceptiva que va más allá del ruido de un arroyo.

La Canción del Ser

Cuando el visitante hacia las cinco de la mañana entra en el Palacio de Cristal del Itchimbía, es en un principio espectador. Su primer contacto con La canción de la Tierra es óptico, ya que tanto los arreglos para los dos grupos orquestales, el círculo central de altavoces y los objetos sonoros le ofrecen una experiencia eminentemente visual. Más aun: el centro de la sala está ocupado por un enorme objeto que vibra libremente, un “Ser”, un enorme objeto totémico de madera, confeccionado por Gabriel Maiguashca. Desde un principio vive La canción de la Tierra de su energía. Sus vibraciones hacen surgir Mundo y Sonido a partir del silencio de la sala.

Al final el visitante se transforma en músico. La diferencia entre público y ejecutante se diluye. Después de una hora entre la noche y el día termina La canción de la Tierra, pero solo formalmente, pues continúa, en forma de una melodía ritual indígena de saludo a la salida del sol, al sonar en mí, en ti y en todo lo que vive.

 

*Sven Hinz es Musicólogo alemán. Vino a Quito encargado por la Radio Bávara alemana para hacer un reportaje especial sobre el estreno de La canción de la Tierra. Más aun, ya en Quito, participó en la producción como preparador de coros y como ejecutante de flauta de pan.