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2005-26.10 Dos Interludios

 

Dos Interludios

 

I:

 

Quito, el teatro Bolívar. Medí con pasos de a un metro el ancho y el fondo del escenario. Era suficiente como para hacer retroproyección. El señor Garzón me demostró los mecanismos del telón. Probé la acústica con un aplauso seco directamente en frente de una „A“ de mi cavidad bucal. Desde el escenario la acústica era buena. „O“, „A“, „OA“. Desde las butacas había ecos, seguramente controlables, tal vez utilizables. Si, creo que funcionará. Agradecí, me despedí del señor Garzón, quien cortesmente, distanciado, me guío a la salida de artistas. Era noche cerrada. Me dijo: „cuidado, la calle es peligrosa“ y sin mas hizo bajar la puerta de metal, que rechinando lentamente me dejó fuera. La calle obscura estaba practicamente vacía, solo dos figuras la poblaban: una mujer de edad mediana embozada en una chalina y al frente, un joven negro, delgado, alto. Se me acercó sin prisa y me dijo, casi amablemente: „No te voy a asaltar, pero dame dinero“ Sentí (o imaginé) en mi costado una presión firme que no quise descifrar. „Si“, respondí, abrí mi billetera, agarré un puñado de billetes, se lo entregué. Se rozaron nuestras manos, se encontraron nuestros ojos. Dulces. Nostálgicos. „Gracias papacito“ me dijo cariñosamente y se alejó pausadamente. Sin regresar a ver subí precipitadamente la calle en busca de un taxi. Mi corazón pateaba, (Metrónomo Maelzer), a 180 la negra.

 

 

II:

 

Montreal. Contra todo uso me pagaron en contante. De repente tenía mil dólares en mi bolsillo izquierdo de mi pantalón. El tren a Toronto partía a noche cerrada, tenía unas tres horas a matar. Pensé: ...iré a comer... un vasito de vino... no necesito ahorrar...tengo tiempo....

 

Curiosamente la región de la ciudad era más bien desierta. Acabé por encontar un restaurant: „gemütlich“ pensé. Efectivamente me senté y me di a la práctica de uno de mis placeres solitarios: leer y servirme algo sabroso, o talvés al revés, servirme algo y leer algo sabroso: Sexus de Henry Miller. Y así pasó el tiempo entre „la cuisine francaise“ , alabada por el mesero con el incomparable acento de „monreal“ y las aventuras de mi cómico preferido. En algún momento debía terminar, para pagar tomé un billete de mi bolsillo izquierdo. El vuelto, varios billetes, lo guardé descuidadamente en el bolsillo derecho. Tenía tiempo para ir al hotel y luego con taxi a la estación.

 

La calle estaba solitaria. Dos jóvenes corrieron hacia mi, me inmovilizaron, uno de ellos metió su mano en el bolsillo derecho, tomó todos los billetes del cambio, me dieron un empujón y doblaron corriendo en la esquina. Todo en veinte segundos.

 

Necesité algunos momentos para tranquilizarme. Comprobé los contenidos del bolsillo derecho y del izquierdo. Quise correr tras de los jóvenes para prevenirles. No lo hice.

 

En el vagon del tren (tipo pullman) hubo el concierto mas extraordinario de ronquidos que he escuchado en mi vida. Mi contribución no la sabré nunca.