"Una Preguntita" de Juan Campoverde, 25 de Julio 201, por correo electrónico

Querido Mesías,
Creciendo en Ecuador, tratando de educarme como compositor, sentí mucho la falta de modelos creativos cercanos, de compositores cuyo camino ya recorrido me ayudara a tomar los pasos que intentaba dar dentro de un contexto cultural y social compartido. La labor de Arturo en Opus y la de Milton con los festivales fueron, en gran medida, mi balsa de salvación. No tuve la posibilidad de estudiar contigo. Sabía más de ti que de tu música. Más del mito que del trabajo.
¿Cómo, entonces, podemos conectar los frágiles  y más bien aislados aportes creativos que delinean la casi desconocida continuidad creativa/compositiva en el país?
Juan

Respuesta de Mesías, 31 de Julio, por correo electrónico:
Querido Juan,
Una pregunta crucial. Trataré de contestarte en primera persona. Si tú tuviste una falta de contexto en la percepción de tu entorno cultural, imagina la mía hacia los años 50. El contexto se redujo a la práctica, por una parte de la “música nacional” y por otra de la “música clásica” de entonces. Yo descubrí la composición de forma autodidacta. Los detonantes fueron: un análisis del preludio del Tristán hecha por un violista catalán (de nombre Benejam y  quien formaba parte de la orquesta sinfónica de Quito) y del acercamiento a la Sonatina de Ravel para Piano, que yo en ese entonces estudiaba como pianista. Compuse, sin  instrucción,  una Sonatina para piano modelada en la de Ravel. ¿Qué descubrí? Que yo podía componer y que una forma posible de aprender, a falta de otras, era una ligada a métodos autodidactas y empíricos. Por cierto, un tercer elemento fue importante: en esa época Luis H. Salgado era maestro del conservatorio donde yo estudiaba. Solía tocar en sus momentos libres, en un piano desafinadísimo, la Appasionata de Beethoven. Pero también  músicas (¿improvisaciones?) para mis oídos “raras”, pero fascinantes. Esa ha sido la única música que he escuchado, hasta hace pocos años, de su prolífica producción. Se ha creado un mito alrededor de él: se reconoce su figura de “gran compositor”, pero no se conoce su música.
Crecí musicalmente solo. Encontré por primera vez un sentido de grupo y generación durante mi experiencia en el Instituto di Tela, en Buenos Aires, cuando conocí a compositores latinoamericanos de mi generación. Mi viaje a Europa me proporcionó la experiencia de vivir musicalmente como “pez en el agua”: instrucción, vida intensa de experiencias musicales percibidas, compartidas y luego realizadas. Desarrollé desde entonces un esquema de trabajo que sigue siendo hasta ahora una parte integral de mi manera ser y de renovarme: “primero hacer, luego reflexionar” y nuevamente  “hacer, luego reflexionar”. Pero pronto volví a sentirme solo al encontrarme desligado de mis tradiciones culturales y actuando en otras realidades, como tú manifiestas “fuera de un contexto cultural y social compartido”. Me pesa decirlo, un regreso al país entonces habría representado el fin de mi trabajo creativo. Pero ya entonces se esbozó una especie de “hilo rojo conductor” creado y mantenidos por la iniciativa y esfuerzo de, entre otros, Rodas y Estévez. Nuevamente: ahora se percibe el contexto que ellos contribuyeron a formar. Pero, ¿quién conoce su “música”?

Voy cerrando maletas. Estoy cerrando mi ciclo creativo que suma algo así como un centenar de obras. ¿Cómo cerrarlo satisfactoriamente? Creo poder responder sencillamente:

1. Entiendo que un progreso coherente del quehacer musical del país debe realizarse basándose no en  “mitos” sino en “hechos musicales”. El ejemplo de Salgado  es muy sintomático. Se ha formado un “mito” alrededor de su “persona”. Su “música”, a cuarenta y más años de su muerte, sigue largamente desconocida. Quiero reclamar para mi persona y para cualquier otro creador artístico, que lo que quede sean “obras musicales” y no mitos. No quiero ser un “gran compositor”; quiero ser el compositor que creó las obras “tales y cuales”, escuchables en grabaciones accesibles para la comunidad en archivos funcionales y con los documentos pertinentes a mano (una partitura, por ejemplo).

2. Para mí sería un regalo el poder entregar a las nuevas generaciones mi trabajo de una forma directa y personal.

3. Creo que para las nuevas generaciones sería un regalo el poder recibir ese trabajo de forma directa y personal.

4. Este diálogo de generaciones me parece substancial. Pero, para que se produzca una continuidad es absolutamente necesario la creación de archivos que documenten ese diálogo, archivos que contribuirán con el decurso de los años a la creación de un repertorio cultural, de una antología, léase, de una historia cultural.

5. Tú preguntas: ¿Cómo, entonces, podemos conectar los frágiles  y más bien aislados aportes creativos que delinean la casi desconocida continuidad creativa/compositiva en el país?

Muy sencillo: ofrecer al compositor ecuatoriano vida musical, conciertos, encargos, publicaciones, grabaciones cuidadosas, pues ellas seguirán siendo el meollo de un acervo cultural. Pero sobre todo archivos que documenten su trabajo más allá de su trayectoria vital. Pero, DEMONIOS, para ello necesitamos de Instituciones. Instituciones que comprendan que su misión es la de acompañar al creador.

6. Vivimos culturalmente en un momento particular en que la calidad-creatividad se miden por títulos académicos. Seguramente hay razones. Pero estoy convencido qué pronto reconoceremos la falacia de esta metodología. Pues todos sabemos íntimamente que un artista con un “PHD” no necesariamente es ni un buen artista  ni un buen maestro.

7. Juan: quiero reunir los años que me quedan para dejar mi trabajo en un archivo bien ordenado. Deseo que ese legado musical sea mi contribución a la cultura ecuatoriana. Sobre su calidad artística decidirán las generaciones venideras.

Tu amigo,

Mesias